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miércoles, 15 de junio de 2016

La vuelta a la vida sencilla

Acabo de terminar de leer el libro Medicina China Tradicional. Vivir sin enfermar de Liu Zheng.

Conocí a Liu Zheng por Facebook. Empecé a seguirle, y pronto me decidí a acudir a su centro de acupuntura. Estando dentro de una cabina, escuché la voz de Liu. Tardé un rato en darme cuenta de que la voz que oía era la suya, puesto que habla un español casi perfecto. 

En efecto, fuera de la cabina vi a Liu y le escuché expresarse en perfecto español. No solo habla bien, sino que escribe correctamente, y prueba de ello es que el libro lo ha escrito en español y no en chino. Esto lo he deducido porque ciertas expresiones a lo largo del libro nos recuerdan más a otros compatriotas de Liu que no tienen tanto dominio de nuestro idioma. El hecho de encontrarse estas expresiones añade encanto al libro y nos acerca más a su autor.

He leído ya algunos libros de medicina china, e incluso he asistido a cursos introductorios, por lo que he podido comparar lo que ya conocía con lo que nos aporta Liu. Lo que destaco en este artículo son estas diferencias con otros contenidos sobre el tema.

El libro de Liu nos trae de vuelta a la vida sencilla, al sentido común, al equilibrio en nuestras vidas que actualmente están descompensadas hacia lo rápido, el estrés, la inmediatez… hacia lo yang.

A lo largo de los nueve capítulos (que son tres veces tres, y tres es un número mágico en la cultura china; también en la nuestra), Liu procura acercar la medicina china tradicional y la  medicina occidental, algo que le distingue de otros acupuntores chinos. Una anécdota: para explicar el yin y el yang, Liu hace un símil con Don Quijote (el yang) y Sancho Panza (el yin), mostrando así un acercamiento de culturas.

Lo cierto es que Liu, como le estoy llamando amistosamente, no solo es licenciado en medicina china tradicional, sino que es diplomado en fisioterapia y acupuntura en España, máster en fisioterapia invasiva y máster en aspectos clínicos en el dolor. Lo pongo así por encima y como si tal cosa, podéis ver el currículo completo en el libro.

¿Qué valores nos transmite el libro?

A pesar de todo lo que Liu ha logrado hacer en nuestro país, es una persona muy humilde; de hecho, pienso que no habría cursado ninguna titulación de las mencionadas si no hubiera sido humilde. La humildad es uno de los valores clave que Liu ensalza en su libro.

Hablando de valores, muy importante también es el valor de vivir en armonía con la naturaleza. Liu nos dice:
“el origen fundamental de las enfermedades se encuentra cuando no vivimos en armonía con la Naturaleza”.
Acercarnos a la naturaleza es uno de los mejores consejos para restablecer la paz interior.

Otro de los valores fundamentales que nos transmite Liu es el respeto a lo que fue antes de nosotros, a la sabiduría de nuestros antepasados. En sistémica diríamos que los antiguos tienen prioridad, y nos han entregado un legado. Lo moderno y cómodo parece ser echar a un lado estas enseñanzas. La medicina tradicional china las rescata y las pone al servicio de lo nuevo.

En algún sentido, este es el libro de la abuela. Digamos que tiene tres (otra vez tres) componentes, a grandes rasgos: es un libro de medicina tradicional china, es un libro de medicina occidental y es el libro de consejos de la abuela. Pues bien, los consejos de la abuela son para mí la parte más importante del libro. Quizá un estudiante de medicina china recurrirá a un libro o varios más complejos sobre esta disciplina. Un estudiante de medicina occidental hará lo propio. Pero ninguno de ellos podrá encontrar fácilmente los consejos de la abuela que se destilan de miles de años de una cultura que a veces se desdeña porque no se acierta a entender, de un análisis sabio que realiza el autor al encontrar muchas similitudes entre la medicina que trae y la que encuentra aquí y de un sentido común que se agradece encontrar por no ser tan habitual.

A lo largo del libro, Liu cuenta historias para poner en evidencia alguna explicación, son cuentos que traen de muy lejos un mensaje milenario de la cultura china y que nos entregan una pequeña gran moraleja. Además, encontramos sus consejos entreverados en los capítulos que nos hablan de cada uno de los cinco elementos. En lugar de limitarse a describir las características de los elementos y sus meridianos asociados, Liu hace reflexiones sobre la vida diaria y actual que ilustran por qué cuidar cada meridiano es importante.

¿Cuál es la clave para no enfermar?

El estrés

Comencemos por el más importante. El estrés es el “caldo de cultivo de todas las enfermedades”. El estilo de vida en el que vamos constantemente más allá de nuestro límite, es contrario al estilo de vida que nos puede proporcionar salud. Lo que hacemos sin embargo es mantener tensión, recibir un exceso de estímulos, mal comer, mal dormir… mal vivir. Con esto se nos desajustan los ritmos de un cuerpo diseñado para funcionar correctamente, y permitimos que cualquier enfermedad pueda entrar, al debilitarse nuestro sistema inmunológico.

Llegar más lejos, y más aún

No tenemos límite. O sí. El ser humano puede concebir altos niveles de desempeño, de mejora, de crecimiento… puede imaginar lo inimaginable, y esto le ha ayudado a alcanzar mundos que no estaban hechos para nosotros: volar, viajar al espacio, bucear por el fondo marino… Sin embargo, el cuerpo sí tiene un límite. Se desgasta. Se agota. Potencialmente, y con una probabilidad del cien por cien, se muere. Es algo que no solemos tener en mente cuando jugamos a llegar más lejos, más lejos aún. En la naturaleza, nada crece sin parar, todo son ciclos de nacimiento, crecimiento y muerte. Lo mismo aplica a las empresas, aunque insistan en ganar siempre más que el año anterior, de forma indefinida. Bien, pues al menos 4 empresas en las que he trabajado a lo largo de mi vida ya no existen.

Tenemos una especie de batería que es el Chi almacenado en los riñones, con el que nacemos y que se va desgastando. En principio esta energía no puede reponerse, por lo que es interesante cuidarla. Además, es importante ser conscientes de cuánta energía tenemos de nacimiento, porque no todos tenemos la misma cantidad, y por ello, no todos podemos alcanzar las mismas metas, o no de la misma forma.

Liu nos lanza la pregunta: ¿hasta cuándo tensarás la cuerda?
Cualquier mínimo síntoma de malestar significa que tu cuerpo te está avisando de que se está acercando al límite. Por favor, hazle caso. Escúchale, reflexiona, no permitas que tu cuerda se rompa.

El victimismo

En occidente vamos al médico para que nos solucione los problemas, haciendo preguntas retóricas: “¿Por qué me viene todo a mí?” En muchas ocasiones, nos prescriben un ansiolítico y nos mandan a casa. También acudimos al médico de medicina china tradicional a lo mismo, pero entonces él/ella nos responde que para curarnos, tenemos que  responsabilizarnos de nuestra salud y comprometernos a cambiar los hábitos. Es decir, no es el médico el que te cura, te curas tú y el médico te apoya y orienta para ello. El mejor médico es el que no tiene pacientes...

Lo que le viene a cada uno, lo que le toca vivir, es muchas veces consecuencia de una acción propia anterior, lo que en la sistémica se llama compensación. Puede que hayamos alimentado la ansiedad y ahora nos encontremos una enfermedad grave, o puede que hayamos provocado tiranteces en las relaciones. Solo recibimos la respuesta.

El agotamiento entra por los ojos

Frente a un conjunto de grandes empresas muy interesadas en que “nos hagamos digitales” (me imagino a una persona en un váter, muy digital todo), estamos los consumidores con la capacidad de elegir si nos hacemos o no digitales y cuándo. La realidad es que la mayoría de nosotros nos hemos convertido en un producto que suministra constantemente datos a estas grandes empresas, lo que a su vez les permite conocernos muy bien y aumentar nuestra adicción a las redes.

Liu hace una reflexión: si vemos desde fuera a una persona mirando fijamente a una pantalla, realmente nos parecerá que está castigada contra la pared. Así de triste es la imagen externa de una persona consumiendo información audiovisual. Cuanto más pequeña la pantalla, más ridículo parece. Esto me recuerda a este artículo que he leído hace poco.

La importancia del presente

Respiramos vida, aquí y ahora. Las personas que te quieren están en el presente. No solemos vivir en él, normalmente nos anclamos en el pasado o nos dedicamos a imaginar el futuro. Otras veces, estamos en un lugar pero mantenemos la mente ocupada en otro: en el trabajo pensamos en los hijos, en casa recordamos lo que quedó pendiente del trabajo, estamos en el sillón dándole vueltas a una meta que no conseguimos… mente y cuerpo van cada uno por un lado y esto nos mantiene disociados, lo que nos conduce a la enfermedad.

Es a través de la meditación como Liu nos propone volver al presente. La meditación se puede aprender y está demostrado que aporta muchos beneficios (hay muchos estudios sobre esto: busca en Google J). Con la meditación calmamos la respiración y calmamos la mente, poco a poco encontramos momentos en que la mente se queda en blanco, vaciamos el pensamiento, nos liberamos de las tensiones.

Algunas perlas

Finalmente, me gustaría terminar con algunas frases cortas que me han parecido importantes, pequeños regalos que nos hace el autor a lo largo del libro:
  • La prepotencia no ayuda al progreso; la humildad, sí.
  • No sirve de nada tratar el cuerpo mientras la mente sigue bloqueada.
  • Existe un principio innato en la vida: avanzar.
  • Con la cabeza baja no podemos mirar hacia adelante, la mente se queda retenida en el melancólico recuerdo del pasado.
  • Aprende a relajarte.
  • ¿Qué hora es? Mira al sol. El ritmo biológico está regido por la luz solar.
  • La cama más cara del mundo es la del hospital.
  • Mantén un corazón limpio y con pocos deseos.

Te recomiendo leer el libro, esto no es más que una crítica subjetiva y centrada en mis intereses. La edición es bastante bonita, con ilustraciones, y cómoda de leer. Puedes aprender muchas cosas del doctor Liu Zheng.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mindfulness de una mosca en la pared de tu mente


Soy la mosca en la pared de mi mente.

(La Mosca, cortesía de https://quienfueraunamoscaentupared.wordpress.com/page/2/, diseñada por el Estudio Virgulilla)
(La Mosca, cortesía de https://quienfueraunamoscaentupared.wordpress.com/page/2/, diseñada por el Estudio Virgulilla)
Me he dado cuenta de que ser tan solo una mosca dentro de mi cerebro me permite observar detenidamente mis pensamientos, emociones y acciones de una manera desinteresada, con la actitud del que solo pasaba por allí y se queda a observar lo que ve.

Como mosca, tengo un pensamiento muy limitado, un recuerdo vago y una proyección al futuro nula. Y esto es genial, sencillamente. Vivo realmente bien en mi condición de mosca, en la que tengo tres actividades por día: frotarme las patas, comer y dormir.

El resto del tiempo, o incluso mientras froto mis patas o como, me pongo a observar lo que piensa, siente y hace la mente en la que me encuentro. Es bastante entretenido, como ir al cine.



A veces, se me pide que tome parte en lo que está ocurriendo, como si yo pudiera hacer esto. Lo que hago en estas ocasiones es vencer la balanza hacia un solo sitio, el único sitio que yo conozco: vivir el momento presente. Es decir, me preguntan que qué opino sobre esto, que cómo me hace sentir lo otro, que qué me parece esta acción o esta ausencia de acción. Y yo, que estaba en la pared tal cual, o que me frotaba una vez más las patas, me encojo de hombros, no tengo hombros, y respondo: yo respiro.

Me parece que lo que esperan es que tome partido por algo. Y no, simplemente estoy muy en contacto con lo que está pasando, estoy presenciando muy de cerca lo que se está sintiendo, estoy siguiendo con atención la acción que se desarrolla. Con hacer esto, ya estoy haciendo algo. Y mientras, respiro. Todo lo demás me suena como a viajar en el tiempo, ya que el pensamiento se conecta con el futuro, las emociones con el pasado, la acción no está siendo del todo limpia, está contaminada por esos otros momentos que no están aquí ahora.

No es que yo entienda mucho de esto, simplemente lo observo, lo veo y lo respiro. Como mosca en la pared, en concreto, la mosca en la pared de mi mente, me siento en calma. Estoy aquí, observando, y sé que podría responder con flexibilidad a los momentos que se presenten. Estoy totalmente en contacto con mis sensaciones, con mis sentidos.

Y es que ahora mismo la vida es un misterio trepidante e insondable. No entiendo cómo los humanos se dedican a evitar a toda cosa el momento de ahora, el presente. Quizá les da vértigo. Yo como mosca no lo sé. Para mí, todo es nuevo a cada momento, todo es extraordinario, ¡mágico!

Cada día, cada momento, todo está ahí, listo para cada uno de vosotros, los humanos. Y pasáis de largo. Sin saber, sin importaros. Tal vez por esto sentís esa amargura, esas emociones de ansiedad y frustración que yo presencio desde mi pared. Y sin embargo, no hay diferencia apreciable entre lo que valoráis como ordinario y lo que valoráis como extraordinario. Todo es extraordinario cuando lo veo con los ojos del momento presente.


Seeing from Dietrich Ludwig on Vimeo.

Repito, aunque como mosca no me gusta repetirme, sino avanzar hacia adelante, hacia la vida: todo es extraordinario cuando lo veo con los ojos del momento presente.

Inspirado en este vídeo: https://www.coursera.org/learn/happiness/lecture/2WFTc/week-6-video-4-flying-into-the-present

viernes, 9 de marzo de 2012

Que las cosas las haga otro

No me quiero molestar. No quiero hacer un esfuerzo. No me interesa tener que elegir. Que elija otro.

Estas son las consignas de la sociedad de consumo elevada al grado máximo: el consumidor como soberano, recostado en un rico diván, pagando para que otro le presente todo tipo de bienes y servicios, preseleccionados, y le indique lo que le va bien.

Por el lado positivo, surgen nuevas figuras ¿impensables en un tiempo anterior?: la señora que te cocina la comida, el señor que te hace los recados, o los trámites y papeleos, la personal shopper que te dice qué ropa puedes llevar y qué colores te favorecen, la que te limpia la casa, plancha tu ropa y lleva y recoge a tus niños. E incluso, el que te pasea al perro o cuida de él durante las vacaciones.

Hay un cuento oriental en que un príncipe ve ejecutar un baile bello y complejo, y se pregunta: “¿Por qué no buscan a alguien que lo haga por ellos?”. Lo imagino recostado, con sobrepeso, con una expresión de aburrimiento, de desidia, viendo a esforzados bailarines tratar de lograr la perfección ante sus ojos.

Y llegamos al lado negativo: cada vez que es otro quien nos saca las castañas del fuego, perdemos la oportunidad de hacerlo por nosotros mismos. Perdemos la oportunidad de entrenar habilidades, de aprender métodos más óptimos de lograr algo. Sobre todo, perdemos la oportunidad del disfrute, nos privamos de entrar en el estado de flujo al realizar una actividad; al “hacer” frente al “ver”.

El dejar que otro haga las cosas se extiende de forma soterrada y pulposa a otras esferas. Ya no hablamos de pagar a alguien para que nos “ahorre tiempo” (el tiempo NO se puede ahorrar), hablamos de dejar que sean otros quienes resuelvan por nosotros los problemas de trabajo… o las tareas del hogar. La expresión es algo así como: “Si cuela…”. En lugar de meterse hasta el fondo en una cuestión, “mancharse las manos”, sumergirse en los factores que influyen en una situación, la cultura del no me quiero molestar nos lleva a permanecer al margen.

Permanecer al margen puede ser interesante cuando vives la vida con conciencia plena, en primera persona, con una visión directa de la realidad. Esto no es lo común. Lo común es que, quien permanece al margen, esté anestesiado y viva la vida como si estuviera soñando… o teniendo una pesadilla.

Realmente estamos presentando dos casos extremos: la plena acción y consciencia y la falta de acción e inconsciencia. Es un continuo sobre el que nos situamos todos. ¿Hacia dónde prefieres tender?

Feliz San Viernes.

jueves, 9 de junio de 2011

Deja de perseguir prioridades equivocadas



Llega a mi email una información de Marshall Goldsmith que quisiera compartir. Marshall Goldsmith es autor de 28 libros de negocios, muchos de ellos bestsellers. ¿Y qué nos dice este hombre? Pues que nos dedicamos a perseguir prioridades erróneas. Stephen Covey, otro autor similar, lo llama apoyar la escalera en la pared equivocada: cuando llegamos arriba nos damos cuenta de que no era ahí a donde queríamos subir.

Goldsmith menciona un estudio con jubilados que no habían sido directores generales. Se les preguntó sobre qué consejos darían a la gente joven. Se les preguntó:

“¿Cuál es la clave para tener una vida estupenda?” Y estas claves podían
resumirse fácilmente en tres puntos:


1) Sé feliz ahora. En la cultura de satisfacción continua de necesidades en la que vivimos, solemos condicionar la felicidad a alcanzar algo en un futuro. “Seré feliz cuando...”. Esto garantiza un estado de infelicidad crónica, de sensación de vacío continua, de escasez. Supeditar la felicidad a aquello que llegará (... cuando cambie de trabajo, tenga hijos, me case, me divorcie, tenga un coche nuevo, me haya ido de vacaciones) nos impide ver aquello que ya está aquí.


2) Aprecia a los más cercanos. Cuando estés en tu lecho de muerte, no estarás rodeado precisamente de tus clientes. Serán tu familia y amigos quienes estén ahí contigo. Y por cierto, no hay que tener 95 años ni estar en el lecho de muerte para descubrir esto. Basta con unos días ingresado/a en el hospital: entonces claramente se destaca quiénes son importantes en tu vida. Todo lo demás no es que quede en un segundo plano; es que desaparece.


3) Si tienes un sueño, persíguelo. Por estúpido que pueda parecer, por pequeño o grandioso que sea, es probable que sea más fácil cumplirlo ahora que a los 90 años, ¿no es así? Tu sueño puede ser conocer Australia, o escribir un libro, o montar un chiringuito en el Caribe (este lo he oído mucho, créeme). Lánzate ahora y prueba. Después puede ser tarde para ello. De nuevo, no hace falta llegar a los 90 para dejar de sentirse con las energías suficientes; a veces, ocurre mucho antes.

Y esto que cuenta Goldsmith, especializado en literatura para directivos, es perfectamente aplicable a los líderes en su quehacer profesional. De nuevo, tomando las 3 claves que acabamos de ver:

1) Es clave divertirte en tu trabajo. Lo cierto es que los superiores rara vez transmiten entusiasmo a sus colaboradores (sólo hay que ver que, claramente, no se están divirtiendo en absoluto). Una vez leí que, para saber si un trabajo era lo tuyo, te fijaras en tu superior: es lo que podías llegar a ser. ¿Sí? ¡Pues que espanto! Fijarme en personas que habían llegado “a lo más alto” me ayudó mucho para huir de trabajos realmente tediosos.


2) Ayuda a tus colegas. Cuando miras atrás a tus experiencias laborales previas, lo que sueles recordar es a las personas, no las tareas, ni tampoco el tamaño del despacho. Cuando tengas 95 años no te estarás acordando de que tu despacho era tan grande como el espacio asignado a diez subordinados. ¿O sí? Más bien, recordarás cómo ayudaste a desarrollarse a las personas, y las relaciones en general.


3) “Ve a por ello”. Es posible que fracases, pero al menos lo habrás intentado. De otra forma, puedes llegar a sentirte miserable por no haberlo hecho. Es un mundo cambiante, vivimos una etapa crítica, pero la única certidumbre con la que cuentas eres tú.


miércoles, 20 de mayo de 2009

La regla fácil de la vida


Ernie J. Zelinski enunció la Regla Fácil de la Vida en su libro El placer de no trabajar, uno de mis preferidos ;-). Es una regla conocida por todos, pero escasamente aplicada, ya que el ser humano, como todos los seres, busca el placer y evita el dolor.
Si en la anterior entrada comenté que las sensaciones desagradables pueden conducir a un estado emocional negativo, ahora diré que, si se trata de buscar un objetivo más allá, quizá minimicemos la importancia de esas sensaciones. En otras palabras, sarna con gusto no pica.

Es fácil observar cómo las personas tratan de permanecer siempre en su área de comodidad. El área de comodidad de algunas de ellas es tan pequeña que no pueden casi ni moverse sin sentir ciertas dificultades. Sin embargo, el hecho de irse recogiendo poco a poco en este área produce un efecto paradójico: cada vez se reduce más.

Así, la regla fácil de la vida consiste en que, cuanto más fácil y cómodo sea lo que buscamos para el corto plazo, mayores dificultades tendremos a largo plazo. Esta regla se aplica en multitud de campos, de los que voy a citar algunos:

- Si estudias, es difícil, pero al final obtienes unos conocimientos que te facilitan tanto la entrada al mercado laboral, como el tipo de trabajo que realizas
- Si te entrenas para vencer tu miedo a hablar en público, consigues solventar muchos momentos de pánico que se te presentan en el trabajo, y acabas por sentir mayor autoestima
- Si empiezas a alimentarte de forma más sana, haciendo enormes sacrificios al ver pasar bandejas de tapas por tu lado, a largo plazo notarás que te encuentras mejor, que realmente no necesitas gambas a la gabardina para sobrevivir, y que tu cuerpo funciona de forma más óptima
- Si haces ejercicio de forma regular, también ayudas a que el cuerpo funcione mejor, duermes mejor, y alcanzas mayores niveles de relajación.

¿Qué es lo que ocurre? Que normalmente nos dejamos llevar por la parte fácil de la regla de la vida, ya que lo que podemos conseguir en el momento presente está asegurado, mientras que lo que obtendré después de haber estudiado, haber hecho dieta o haber hecho ejercicio, son beneficios que se presentan lentamente, poco a poco, y de forma casi imperceptible. El camino de la repetición siempre parece árido.

El tipo de estímulos de placer que nos alejan de acabar teniendo una vida fácil puede dividirse en dos: evitar sacrificios, o evitar el miedo. En los dos casos esquivamos algo que nos parece negativo, desagradable, incómodo, innecesario... Pero el caso del miedo es en el que me voy a centrar, porque la mayoría de las veces, según he observado, es miedo infundado. Además, una cosa es no querer hacer un sacrificio, aun siendo consciente de lo que puede suponer, y otra es no poder realizar algo por miedo.

¿Miedo a qué? Miedo a lo desconocido. Hay multitud de creencias bajo la capa del miedo a lo desconocido, desde «el mundo es hostil» hasta «no soy capaz», de forma que realizar cualquier acción en el terreno desconocido (hablar en público, llamadas comerciales, vender, conducir por primera vez) tiene un componente de visión de túnel de cómo es el mundo y otro de fallo en el autoconcepto. Algo así como que el mundo es muy grande y yo soy muy pequeñito/a.

Para que tu vida no se vea reducida al máximo, para ampliar tu zona de seguridad, para salvar poco a poco obstáculos que harán que te sientas más grande, más capaz, y en un mundo más afectuoso, puedes:

1. Entrar en acción cada vez que piensas algo. Por ejemplo: si quieres llamar a esa persona que conociste el otro día, llama AHORA.
2. Pregúntate: ¿por qué no? Es la pregunta preferida de Josepe García de Miguel, y la hago mía en este momento. ¿Qué te lo impide, cuál es el obstáculo, está en tu mente o está fuera?
3. Recordar los grandes beneficios que vas a obtener si das el paso, y recordar cómo se va a empequeñecer tu mundo si no lo das.
4. Ponerte en el peor de los casos: ¿qué es lo peor que puede pasar? Que se incendie mi casa y me quede sin trabajo y se vaya mi pareja y atropellen a mi perro y... Bueno, bueno, después busca qué es lo MÁS PROBABLE que puede ocurrir.
5. Juega. Al fin y al cabo, lanzarse a realizar lo difícil e incómodo puede tomarse como un juego. Es curioso cómo hay personas capaces de actuar socialmente en nombre de otras, pero cuando se trata de actuar como ellos mismos, se vienen abajo. Si es así, juega a que eres un personaje, o una persona famosa.

miércoles, 15 de octubre de 2008

La Realidad de aquí y ahora


«Si un habitante de cualquier otro planeta visitara los Estados Unidos...»

Orison Swett Marden nos habla de nuestro enfoque vital en el futuro. Con una perspectiva curiosa de la vida cotidiana en EE.UU. en su época, imagina a un extraterrestre visitando ese país, y sorprendiéndose de cómo vive la gente en él. Y es que todos parecen haber parado en una estación de paso, pues en vez de aprovechar la vida que les llega tal y como es, tienen la vista continuamente centrada en el futuro, en lo bueno que habrá de llegar para sustituir lo de ahora, que es mediocre, malo o insoportable. Es tan intensa la visión que se tiene del futuro que se pierde la capacidad para disfrutar de lo que hoy, aquí y ahora, tenemos delante.

Vivir para mañana tiene la triste paradoja de que, cuando llega este mañana, seguirá habiendo otro mañana. En otras palabras, vivir para mañana es vivir en un mundo de crónica insatisfacción, de escasez, de necesidad: nunca nos sentiremos satisfechos así, porque nunca habremos alcanzado nuestra meta. Es una especie de carrera de ratas (como dicen los estadounidenses, "rat race") por unos laberintos que no acabamos de adivinar, en busca de unos quesos prometidos que nunca llegamos a alcanzar.

Esta perentoria necesidad que tenemos de vivir en cualquier otro lugar menos aquí y ahora parece una ansiosa huida. Cuando estamos en la oficina, estamos deseando marcharnos de allí, o encontrar cualquier hueco para leer un chiste que nos envían por email. Pero si pasamos pocos meses sin ocupación, empezamos a echar de menos estas horas de oficina, ya que sólo recordamos lo bueno de ellas, y volvemos a fijar la vista en un futuro inexistente.

¿Qué pasa con el aquí y el ahora? ¿Por qué es tan insoportable? Bien, por de pronto, es aburrido. Crear imágenes para el futuro es mucho más divertido y motiva más. Cuando la realidad que tenemos delante nos resulta desagradable, llenar la mente con imaginaciones sobre una futura casa, un futuro coche, un futuro trabajo o una futura familia nos alivia. Y el placer de la imaginación, que parece propio del ser humano (quizá algún animal de orden superior también la tiene), es algo positivo y agradable. El problema es cuando se convierte en esclavitud.

Es decir, el problema son nuestras expectativas de cómo debería ser, y no está siendo, nuestra vida. «La mayoría estamos descontentos, inquietos y nerviosos y nos consideramos infelices,» nos dice Marden. Estas expectativas tienen algún fundamento en momentos que juzgamos como muy felices, como las vacaciones, los fines de semana, o momentos extraordinarios en nuestra vida. En cambio, con la vista puesta en lo que tenemos ya, dejamos de comparar nuestra situación con otra deseada y supuestamente superior, y empezamos a sentirnos más relajados y satisfechos.

En las culturas orientales hay un profundo estudio de esta forma de ser en la que vivimos en permanente insatisfacción. Por ejemplo, Chogyam Trungpa, autor budista, nos compara a un ser que tiene un estómago muy muy grande y una boca muy pequeña, de manera que nunca logra llenar ese estómago y permanentemente tiene hambre. Por otra parte, hay un cuento sufí sobre una vaca que vive en una isla, y pasa el día comiendo. Cuando llega la noche, se encuentra con la preocupación de no tener qué comer al día siguiente, de forma que todo lo que había engordado durante el día, lo pierde cada noche, al enflaquecer de ansiedad y desesperación.

El propio Marden nos cuenta la historia de los hijos de Israel y el maná. Cuando caminaban por el desierto, recibían cada día maná del que alimentarse, un manjar milagroso, enviado por Dios a modo de escarcha. Los que no tenían confianza en Dios trataron de guardar parte para el día siguiente, pero lo encontraron corrompido. «De no atender al día de hoy provienen la miseria, flaqueza, desconsuelo e ineficacia de nuestras vidas, pues no concentramos nuestra energía, anhelo y entusiasmo en el día en que vivimos.»

La flor está viva hoy, hay que cogerla hoy, disfrutar de su aroma hoy. Carpe Diem significa esto.

Como podemos ver, estas reflexiones sobre la necesidad de disfrutar el momento, y de tomarlo tal y como es, vienen de antiguo. El ser humano siempre ha vivido una fantasía en la que se proyecta hacia el futuro y desde el pasado. Pero lo único que tenemos en la mano, de lo único que tenemos certeza, es de hoy, del aquí y ahora.

Pienso que intelectualmente sabemos que lo que existe es el presente, que la visión de futuro es más bien cerebral, y que es ahora cuando podemos promover cambios para estar mejor después, recordando que las dificultades nunca se resuelven por completo, y que aparecen nuevos desafíos. Y aunque sabemos todo esto, no lo hemos experimentado, no lo hemos vivido, de forma que no nos dice nada el conocimiento de que todo lo que hay es el ahora. Parece ser que las personas que han alcanzado la iluminación o autorrealización sí tienen este conocimiento experiencial de la realidad. Nos lo cuentan con palabras atónitas, perplejos, formando imágenes que no comprendemos: hasta que no sea uno mismo quien se come ese filete, de poco le va a servir que otro le cuente a qué sabe.

Una forma que he encontrado de intentar disfrutar del día es la que propone el propio Marden. Se la recomiendo a todo el mundo, y creo que les está funcionando tan bien como a mí: se trata de levantarse cada mañana y decirse: «VOY A DISFRUTAR EL DÍA DE HOY.» Si pase lo que pase nos mantenemos firmes, si a pesar de lo que suceda nos proponemos ser felices, podremos gozar plenamente de todo cuanto tengamos delante. «No voy a intentar huir de la realidad, ni tampoco voy a luchar contra ella. La voy a aceptar, la voy a vivir con intensidad, y voy a vivir este día de principio a fin. Cuando llegue la noche, podré decir: "hoy he estado viva".»

En lugar de vegetar arrastrándose por la vida, si comenzamos cada día con este firme propósito, aunque luego se tuerzan las cosas, sacaremos fuerza y energía de lo que vaya sucediendo, entrenando así a nuestra mente a sacar el jugillo de lo que tenemos delante y a dejar de evitarlo montando fantasías sobre un futuro mejor.