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domingo, 27 de febrero de 2011

Gente inventando su realidad


Lo que veo es gente inventando de forma descarada su realidad. Esto ya lo he mencionado algunas veces; de hecho, no sólo lo menciono yo, lo dicen ahora expertos como Punset, como los que Punset entrevista, neurocientíficos como Damasio, expertos en el lenguaje como toda la escuela de Palo Alto... Y lo llevan diciendo las tradiciones orientales durante miles de años. Miles de años. Gente inventando de forma descarada su realidad, y siguen tan panchos.

Lo veo como si nos creáramos una estructura en la mente y luego tratáramos a toda costa de que esta estructura encajara en aquello que encontramos fuera. No importa las veces que choquemos con la misma piedra, piedra que indica que estamos absolutamente equivocados: nosotros/as seguimos ahí, luchando por imponerle a la realidad nuestra estructura mental. Es un trabajo delicado, de orfebrería, que hace nuestro cerebro y que ha aprendido a hacer, tras miles de años de evolución, con el fin de preservarnos de “lo inesperado”.

No estoy hablando de que, debido a lo limitado de nuestros sentidos, no tengamos la capacidad de percibir en toda su excelencia y abundancia aquello que está fuera de nosotros: más colores, más sonidos, más olores, sabores... Estoy hablando de un mecanismo de la mente por el cual, si no encontramos información fuera, o peor aún, si la que encontramos no nos encaja con esa estructura de cartón, nos la inventamos. No es como no percibir un color, es como percibir el color rojo y empeñarse con toda tranquilidad en que es azul.

Osho lo llama tratar de atravesar la pared cuando al lado tienes una puerta bastante ancha y abierta. Una y otra vez, cabezazo contra la pared, insistiendo: “¡Tiene que ser por aquí!”. Que la estructura que ha creado tu mente diga que es por ahí, no significa que lo sea. Osho dice:


Cuando un buda acepta, acepta las cosas como la pared y la puerta. Él pasa por
la puerta: dice que es la única manera. Tú primero tratas de pasar a través de
la pared y te hieres de un millón de formas. Y cuando no puedes salir (abatido,
vencido, deprimido, caído) gateas hacia la puerta. Podrías haberlo intentado
primero por la puerta. ¿Por qué empezaste a intentarlo por la pared y a luchar
contra ella?

Pero entonces, ¿por qué el cerebro se dedica a este trabajo constante de autoengaño, fantasía y mala interpretación de los datos? Pues porque evolutivamente ha sido ventajoso: si el cerebro era capaz de anticipar un peligro por medio del razonamiento de lo que puede pasar, la persona se salvaba de este peligro. Si el cerebro era capaz de deducir los datos de los huecos en la información, podía hacerse una imagen mental más rica en detalles y podía actuar en consecuencia.

Es decir, que el mecanismo es automático, que tiende a darse, que tendemos a buscar imponer la estructura de la mente a lo de fuera, y no a captar lo de fuera y ya está, sin buscar patrones, modelos, sin reducirlo, categorizarlo, esquematizarlo.

Hay otra razón por la cual es interesante tener esta habilidad: es la consabida “Ley de la Atracción”, o “El Secreto”. De una forma altamente curiosa y cercana a lo mágico, esta ley defiende que si uno se focaliza en lograr un deseo, lo consigue. Para ello se necesita seguir una serie de normas, como visualizarse habiendo ya logrado el objeto de deseo, y no tanto centrarse en la carencia de aquello que se piensa que se necesita. Personalmente, diría que esto lo he hecho siempre y que me ha dado resultados, cuando lo que deseaba lo deseaba realmente, cuando por debajo de ese deseo no había una sutil e inconsciente contraorden de “espero que realmente no me ocurra esto”. A mí me gusta más la frase que utiliza una amiga mía. “Alá proveerá”. Algo llegará, “los planetas se alinearán”, recibirás esas llamadas de nuevos clientes, sucederá. Es la esperanza. La esperanza es uno de los mecanismos más bellos de nuestra mente para hacernos sobrevivir en las peores circunstancias.

Existe quizá una diferencia entre rellenar los huecos que deja la realidad inventando, literalmente, las razones y motivos de los demás, y dirigir el pensamiento hacia un puerto positivo, pero con la mente abierta a la observación de lo que va llegando. Por ejemplo, una forma de rellenar los huecos de una persona que no consigue encontrar pareja podría ser este pensamiento:

“Ya no hay hombres. Desde que los pollos están hormonados y desde que hay tantos tóxicos en la alimentación, pues los hombres son menos viriles. Además, se van haciendo homosexuales, porque prefieren estar con otros hombres, no se atreven a estar con mujeres. Por eso no encuentro pareja”. Espero que nadie se ofenda: yo esto lo he oído más de una vez (lamentablemente).

Y por ejemplo, la forma de pedir el deseo “al Universo” y de esperar, de tener esperanza, sería: “hay hombres maravillosos sobre la faz de esta tierra. Y estoy segura de que antes o después me voy a cruzar con uno de ellos. Estadísticamente es más que probable. Y yo estoy en disposición de encontrarle y de reconocerle cuando aparezca”.

Así pasa que hay personas que tienen delante de sus narices aquello que buscan y no lo ven, no son capaces de verlo, si es un perro les muerde pero aun así no lo ven, y otras personas dejan la vista como perdida, como desenfocada, dando lugar a una visión panorámica que les va a permitir antes o después fijar la vista en aquello que necesitan, que está justo ahí, o pasa por ahí, o gracias a tomar una acción o una serie de acciones concretas, se posibilita encontrarse con ello.

Bueno, pues... ¡ABRE LOS OJOS!

domingo, 6 de febrero de 2011

¿Tiempo, dinero o energía?


Tengo la sensación de que, de alguna forma, los tres son formas parecidas de lo mismo.

La relación inversa entre tiempo y dinero se estudia incluso en las facultades de Economía. Al hablar de trabajo, por ejemplo, cambiamos tiempo por dinero. En concreto, lo habitual es cambiar 8 horas de trabajo diarias, o 40 semanales, por un salario.

Un elemento fundamental los diferencia: el tiempo no se puede multiplicar, y el dinero sí.

Hace mucho tiempo que el dinero dejó de ser la representación en papel de una reserva de oro que se encuentra en el Banco de España, tal vez “escondida” en algún sótano, como podríamos imaginar. Mucho del dinero que circula ahora es ficticio, creado, sin ningún respaldo real; es un dinero virtual, que se multiplica gracias a su precio (los tipos de interés), y gracias a las leyes del mercado bursátil. Quien más quien menos, sabemos qué consecuencias ha tenido el hecho de que los activos que poseían los bancos fuesen irreales, basados en una deuda “tóxica”.

En cuanto al tiempo, el tiempo es tu vida. Lo que hagas con tu tiempo, lo estás haciendo con tu vida. Tus días, tus horas, tus minutos, son días, horas y minutos de tu vida, de lo que te resta de vida.

Lo parecido entre el tiempo y el dinero es que parecen comportarse como un flujo de energía. Parados, se estancan, para ponerlos en acción y que fluyan hay que disfrutarlos, vivirlos, llenarlos, realizarlos.

La energía a la que me refiero en el título es la fortaleza vital que se tiene en cada momento. En realidad, no sólo se cede tiempo a cambio de dinero, también (y sobre todo) se cede energía. Se puede pagar para conservar energía, en otras palabras, se puede ceder dinero a cambio de tareas que ayuden a preservar la propia energía: alguien limpia por nosotros/as, o nos trae la compra, o nos hace comida y nos la pone en la mesa, etc.

La relación entre la energía y el tiempo también es inversa: cuanto más tiempo se invierte en una actividad, menos energía queda disponible para otras actividades.

Así, el día al día al final es un conjunto de tomas de decisiones acerca de cómo gestionar tiempo, dinero y energía.

¿El ahorro? Pues el ahorro tiene un punto de vista positivo y uno negativo.

El dinero no da la felicidad, pero su carencia nos puede sumir en situaciones realmente desagradables. Se recomienda tener un colchón para imprevistos, edificar un plan de pensiones, o construir una gran inversión, como es comprar una casa. Ese dinero que se va apartando se puede rentabilizar, es decir, se puede aprovechar el hecho de que el dinero se crea de la nada a partir de la aplicación de los tipos de interés, los precios de las acciones en bolsa, etc. Podemos aprovechar el carácter virtual del dinero.

Pero, ¿qué pasa si todo el mundo retiene su dinero? Entonces la Economía del país se estanca, se ralentiza, no hay intercambios de bienes y servicios por dinero, se paraliza la actividad. Lo que parecía bueno deja de serlo.

El ahorro de energía vital puede parecer maravilloso también. Se dice que el número de respiraciones de toda nuestra vida está contado, así que una buena forma de ahorrar es ralentizar la respiración, calmarla. Según Osho:


“Cuando la vida es fácil, el tiempo parece más corto. Esos a los que la gente
llama yoguis, que cada vez respiran menos y más despacio, lo único que hacen es
disminuir el proceso de la vida. Están menos vivos, eso es todo. No van a vivir
más tiempo; tan sólo van a estar menos vivos. No están viviendo plenamente; su
llama no arde adecuadamente. El ánimo, el entusiasmo y la danza desaparecen. Se
consumen a sí mismos, eso es todo.”

Y finalmente, el ahorro del tiempo siempre me evocará a los Hombres Grises del libro Momo, y es que el tiempo no se puede ahorrar porque la vida no se puede ahorrar. Todo lo que hacemos, cada día, en el trabajo, en el metro, al encender la televisión, es tratar de no ser conscientes del tiempo, tratar, además, de que pase lo más rápido posible, es decir, gastarlo. Aunque creemos que lo ahorramos. Existen cursos sobre gestión del tiempo, los anuncios proclaman que los productos nos ahorran tiempo, ¿y cómo se va a ahorrar el tiempo? Me refiero a que, igual que resulta absurdo imaginar una gran caja de ahorros del tiempo como la que aparece en la novela de Michael Ende, también resulta absurdo pensar que si se va más deprisa, se tendrá más tiempo. Intentamos correr mucho y, al igual que para los hombres grises en la calle de Jamás, el tiempo pasa más rápido y se nos va.

¿Tiempo, dinero o energía? Ni ahorrarlos, ni malgastarlos, simplemente vivirlos, disfrutarlos y llenarlos.

martes, 16 de noviembre de 2010

Son lentejas: si quieres las comes y si no...


La realidad tal cual es, ¿a quién le interesa hoy en día?

Las frases: «Esto es lo que hay», «Así son las cosas», «Son lentejas» tienen connotaciones muy negativas. Pero son las que mejor reflejan lo que es. La realidad es aquello que es, no aquello que te gustaría que fuese, aquello que deseas que sea en el futuro. Y la realidad jamás será aquello que habría sucedido si hubieras actuado de otra forma. Este tipo de frases, la tercera condicional (si hubiese… habría…) reflejan aquello que jamás sucederá, porque no se puede intervenir en un suceso del pasado para cambiarlo.

La forma habitual de aceptación es la resignación. Una vez se comprende que “esto es lo que hay”, la resignación lleva a aceptarlo desde la impotencia, desde el rechazo, desde la ira contenida. Se completa la frase con: esto es lo que hay “y lo voy a boicotear”. La mayoría de las veces, el boicot es contra uno mismo/a. Es como luchar contra corriente: el sufrimiento de tanto esfuerzo lo pagas tú.

Reconocer y aceptar, desde lo más profundo, que “esto es lo que hay”, da sin embargo una oportunidad de liberar la gran cantidad de energía que se invierte en negarlo, en cerrar los ojos, en hacer oídos sordos. Esta energía se puede utilizar entonces para sacar provecho de “lo que es”, para conocerlo realmente en lugar de pensar sobre ello, para disfrutarlo, vivirlo, gozarlo.

Pensar sobre las cosas es la mejor manera de alejarse de ellas. Automáticamente se convierten en una construcción mental. Se crea una simplificación de lo real, se generaliza y se eliminan datos. Se piensa que así se maneja mejor la realidad, y lo que se hace es vivir en un cuentecito protegido, de autoengaño. Si fuese posible permanecer en él mucho tiempo (algunos/as son hábiles en vivir en la mentira durante años), quizá hasta compensaría. Lo malo es que nuestra fantasía personal choca una y otra vez, invariablemente, contra la realidad, contra lo que hay, contra las lentejas.

Pienso que cada vez vivimos más en un mundo no cierto, porque cada vez salimos menos fuera a comprobar si el cuento funciona, si estamos manejando hechos o estamos viviendo de interpretaciones. En una vida cercana a la naturaleza, donde hay que buscar en la realidad para subsistir (agua, alimento, cobijo), es más difícil caer en el autoengaño. En una vida en que se pasa la mayoría del tiempo sentado/a, consumiendo productos “virtuales” que van directos a la mente (televisión, programas de ordenador, Internet, teléfonos, GPS…) es muy difícil, por el contrario, permanecer cercano a lo real, a lo que es.

De hecho, y siguiendo a Osho (lo cierto es que estamos siguiendo a Osho desde la primera palabra), el lenguaje es un gran culpable de esta separación de lo que es. Algunos sistemas, como la programación neuro-lingüística (PNL), afirman que el lenguaje genera realidad. Porque la forma de describir un suceso crea el suceso: las palabras que se eligen, los elementos que se seleccionan según la prioridad que se da a unos sentidos u otros, todo ello conforma una amalgama que llamamos realidad. En esta línea están también todos los sistemas de creencias tipo “El Secreto”, “La ley de la atracción”, “Poder sin límites”. Su hipótesis es que, creando la realidad en la mente, puede conseguirse aquello que se desea.

¿Realmente es tan maravilloso conseguir aquello que se desea? Un deseo cumplido puede ser una condena, porque siempre surgen elementos que no se habían tenido en cuenta a la hora de elaborar ese deseo, esa esperanza. Por ejemplo, es como querer un Ferrari y no pensar en que conlleva un mantenimiento y que las piezas del Ferrari cuestan mucho más que las de otro coche. Es como querer aprobar una oposición y, una vez se llega al puesto, comprobar que ni motiva, ni gusta, ni compensa.

En cualquier caso, las expectativas, más que ayudarnos a vivir, nos pueden traer por la calle de la amargura, porque de nuevo alimentan el juego de “yo me invento la realidad”, juego arruinado cada vez que la realidad te muestra quién es. Conozco mucha gente que me dice: “yo decido mi destino, soy dueño total de mi destino”. Suelo responderles: si hubieras estado en las torres gemelas el 11S, ¿habrías dicho lo mismo?, o si te sobreviene una enfermedad grave, ¿tú la has buscado?, o si naces en África en un pueblo sin agua corriente, ¿tú confeccionas tu destino? ¿Seguro?

Creo que es un juego más bonito, más interesante y más factible el de “yo fluyo con la realidad”. Dejarse llevar, sin metas, sin expectativas, ir con la corriente, coger todo lo que se te ofrece en cada momento, extraer el jugo de la realidad. Para ello, has de estar aquí y ahora. Se trata de dejar de vivir en el futuro, con tensión y ansiedad o con esperanza y deseo. Se trata de empezar a vivir ahí donde estás en cada momento. Por ejemplo, ¿dónde estás ahora? ¿Cuál es tu realidad ahora? Puede ser muy duro responder a estas preguntas, y más cuando se trata de ver, de observar, de vivenciar realmente el momento. Duro y revelador. ¡Ánimo!

lunes, 11 de octubre de 2010

Un poco de paz para los buscadores ficticios


Queridos buscadores ficticios, al fin encontré nuestra justificación, la razón por la que no logramos decidirnos a encontrar, por la que, una vez llegados a un puerto, empezamos a fantasear con echarnos a la mar una vez más, cansados, vencidos.

Así que ésta es (creo) mi última parrafada sobre los buscadores y encontradores. Espero que como buscador ficticio encuentres en ella el descanso que yo encontré, al saber que nuestra actividad febril puede llevarnos al puerto del que nunca se desea volver a partir.


Y esta explicación, esta clave que nos sirve para comprender por qué no nos hace felices esta conducta que sin embargo no logramos evitar, la encontré en Osho. Sí, Osho otra vez, porque Osho me ha capturado, cautivado, me ha hablado como desde su tumba, es algo mágico.


Se trata del drama de elegir. La lógica, Aristóteles, el pensamiento racional, todas las estructuras en que se asienta nuestro mundo occidental nos piden vivir a medias. Elige esto o aquello. No es esto Y aquello ni es esto a veces y aquello otras. Es: si eliges esto, olvídate para siempre de aquello, aquello deja de existir para ti. Sin embargo, este razonamiento es pobre, dualista, nos divide, cercena nuestras posibilidades de tener esto y aquello.


No sé cuándo comenzó vuestro drama, el mío comenzó cuando me hicieron elegir entre ciencias y letras. Así de simple y de tremendo. Porque yo no quería elegir, me encantaban las matemáticas Y la literatura. No las matemáticas en contra de la literatura. Hice lo que pude para ir escaqueándome de esta elección dramática, combinando ambas opciones en aquello llamado “mixtas”. Y luego elige una carrera. Y determina tu futuro, envíalo por un conducto estrecho y obtuso porque todo en esta vida va a ser igual de estrecho y obtuso.


Osho dice que es una enfermedad de la mente el elegir, el preferir. Dice:

No decidas. Acepta la vida en su totalidad. Tienes que ver la totalidad: la vida
y la muerte juntas, el amor y el odio juntos, la felicidad y la desgracia juntas, la agonía y el éxtasis juntos.

Y eso es lo que creo que tratamos de hacer los buscadores ficticios. Los buscadores puros eligen buscar, y los encontradores eligen encontrar; nosotros sin embargo, no queremos elegir, no queremos descartar, queremos todas las cartas en la mano, porque es la única forma en que vemos que abarcamos la totalidad.


El problema es que pensamos que así nos acercamos a la solución, y lo cierto es que nos alejamos más, porque no logramos aprehender nada, todo se nos escurre de las manos como si fuese agua, como si fuese arena fina. El tiempo pasa y nosotros desgastamos las energías en ir de aquí a allá para comprobar que seguimos sin haber elegido, que seguimos libres... Esa es nuestra esclavitud. Es una paradoja: al creer que nos liberamos, nos atamos más. La solución está justo en el lado contrario. Dice Osho:


La verdad no se puede buscar. Por el contrario cuando toda búsqueda cesa, es
cuando la verdad llama a tu puerta; cuando el buscar ya no existe, la verdad te
llega.

Cuando los buscadores ficticios encontramos algo en nuestro camino, nos decimos: “ojalá esto sea total, esto sea permanente, esto sea definitivo”. Y no, no lo va a ser nunca, porque aquello que encontramos es una gota de todo el océano, está dividida, es parcial, es un trocito de la tarta. Cuando los buscadores ficticios encontramos algo, tal vez podríamos decirnos: “se acabó la búsqueda. No es que piense que esto es el ideal platónico que yo tenía en la cabeza. Es que ya me he cansado, es que no quiero más”. Y entonces, tímidamente, se entrevé aquella verdad que llega a uno cuando se le deja el espacio y el tiempo mínimo para que se expanda.


Quizá entonces averigües que el secreto no era saber qué era mejor, si ciencias o letras, que no era tratar de adivinar el futuro para saber qué carrera era la mejor, que no era mantenerse en una misma profesión, ni tener siempre la misma pareja, ni cambiar cien veces de profesión y de pareja. ¿Qué es lo que ha permanecido constante en toda esta batalla de proporciones inmensas y resultados desastrosos? Tú mismo/a. Pero no tu yo, no el ego, que seguramente habrá ido cambiando y sufriendo con los cambios y alentando más cambios, sino tu esencia. Y de nuevo, Osho:


De pronto encuentras que tú mismo eres el templo que buscabas. De repente llegas
a darte cuenta de que tú eres Krishna, de que tú eres Jesús. No te llega ninguna
visión; eres el origen de todo, eres la propia realidad.

La realidad que buscas estaba en ti desde un principio. Estaba dentro, y dentro sigue, esperando a ser descubierta. Nada ni nadie te va a proporcionar este atisbo de la luz que puedes llegar a ver. Todas tus elecciones, guiadas por la angustia, no han servido para nada. Ni el camino de los buenos actos ni el camino de los malos actos conducen al monte Carmelo; sólo la nada. Nada conduce al monte, no hay si quiera camino. Es aquí y ahora.


(Gracias, Shubhaa :-))

sábado, 18 de septiembre de 2010

Actuar sobre la base de la locura


Cada vez estoy más convencida de que lo que dicen los sistemas de creencias orientales al respecto de nuestra mente es cierto: nuestra mente está enferma, y actuamos sobre la base de la locura. Al principio, escuchaba estas aseveraciones y me parecían exageradas, una forma pintoresca de llamar la atención sobre dos ideas: lo que percibimos no es en ningún caso la realidad y además, no tenemos la capacidad de hacernos una idea de lo que hay “ahí fuera”. Nuestro cerebro inventa la realidad para ayudarnos a entender lo básico en ella: generaliza, simplifica y elimina.

La forma en que el cerebro inventa es bonita y anecdótica cuando nos quedamos en las paradojas de la percepción, en las famosas ilusiones ópticas, en el conocimiento de las violaciones que se hacen del lenguaje, en comprender que inferimos aquello que no nos han dicho, etc. Para mí, todo esto deja de ser bonito en lo que respecta a la burrocracia. Sí, he dicho bien, ésta debiera ser la forma en que esta palabra se escribe, burrocracia, porque es una cosa de burros (con perdón de los burros), de mulas de carga, de ineptos mentales que ponen en evidencia trastornos mentales importantes.

Algunos grandes sistemas (gobiernos, empresas) se aferran a los procedimientos, protocolos, sistemas, planes… en los que se invierte el 80% del tiempo de muchos empleados, para producir acaso un 1% mejor (ni siquiera se cumple la regla inversa del 80/20). ¿Por qué este amor por papelorios, documentos digitales, archivos, carpetas? ¿Cómo puede preocupar o importar lo más mínimo que un sello de empresa se ponga en azul o en rojo, o que se firme un documento en azul o en negro? ¿Cómo puede tener sentido que haya personas que destinan copias de documentos a sí mismas, o que personas que físicamente están a unos 5 metros tengan que guardar archivos de copias del mismo (puto) papel? Pues sí, no me lo estoy inventando: lo he vivido.

Volviendo sobre la sabiduría oriental, he de agradecer a mi amiga Shubhaa que me haya presentado a Osho. Lamentablemente, yo había incluido a Osho en una lista de listillos que se ganan la vida diciendo lo que han dicho otros pero peor, sin haberlo comprendido ni realizado, con el fin de venderlo gracias a un marketing envidiable. No, Osho no es de estos, sí lo ha comprendido, sí lo ha realizado. Este verano pude por fin leer, al principio con escepticismo y luego con creciente interés, una buena parte de un libro de Osho. Para ser exactos, Osho no ha escrito un libro, sino que se han transcrito sus charlas, y esto me dice que él no hizo la tarea del marketing de que hablaba antes: ¿para qué? Y ahora he tenido acceso a otro libro de Osho, El libro de la nada, en el que hemos encontrado un párrafo relacionado con el tema que tratamos:


LA MENTE ES UNA ENFERMEDAD. Esta es una verdad básica que Oriente ha
descubierto. Occidente dice que la mente puede enfermarse, o puede sanarse. La
psicología occidental depende de esto: que la mente puede estar sana o enferma.
Pero Oriente dice que la mente como tal es la enfermedad, que no puede estar
sana. Ninguna terapia psiquiátrica puede servir de ayuda; como mucho puede hacer
que esté normalmente enferma.

Así que en relación a la mente existen dos tipos de enfermedades: normalmente enferma (esto es, que tienes la misma enfermedad que otros a tu alrededor) o anormalmente enferma, que quiere decir que padeces algo único: tu enfermedad no es algo ordinario; es excepcional. Tu enfermedad es algo individual, no colectivo; esta es la única diferencia. O normalmente enferma o anormalmente enferma, pero la mente no puede estar sana. ¿Por qué? Oriente dice que la propia naturaleza de la mente es tal que siempre estará enferma. La palabra «salud» es hermosa, procede de la misma raíz que la palabra «totalidad». Salud, curación, totalidad, sagrado o santo…: todas estas palabras proceden de la misma raíz.

La mente no puede estar sana porque nunca puede estar entera. La mente siempre está dividida; la división es su base. Si no puede estar íntegra, ¿cómo va a poder estar sana?, y si no puede estar sana, ¿cómo va ser sagrada? Todas las mentes son profanas. No existe cosa tal como una mente santa. Un hombre santo vive sin mente porque vive sin división.
Si entras en tu oficina y te encuentras primates en lugar de humanos, ¿no te parecería raro su comportamiento? A ver, todos sentados “de cara a la pared”, contemplando unas pantallas, en silencio, sin relacionarse de forma “natural”, manejando con interés sesudo unas hojas de papel, cruzándose por el pasillo machos y hembras sin desplegar un intento de flirteo “natural”, sentados hora tras hora tras hora, sin rascarse, y lo más importante, sin tocar a ningún otro. ¿Puedes ver la imagen? Quizá se te ha colado en la mente un conjunto de chimpancés vestidos, de esos que vemos en los posters. Chimpancés vestidos con mentes enfermas que se fijan en si un texto está escrito en letra Arial o en Times en lugar de estar saltando de un árbol a otro, comiendo, o simplemente descansando…