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domingo, 27 de febrero de 2011

Gente inventando su realidad


Lo que veo es gente inventando de forma descarada su realidad. Esto ya lo he mencionado algunas veces; de hecho, no sólo lo menciono yo, lo dicen ahora expertos como Punset, como los que Punset entrevista, neurocientíficos como Damasio, expertos en el lenguaje como toda la escuela de Palo Alto... Y lo llevan diciendo las tradiciones orientales durante miles de años. Miles de años. Gente inventando de forma descarada su realidad, y siguen tan panchos.

Lo veo como si nos creáramos una estructura en la mente y luego tratáramos a toda costa de que esta estructura encajara en aquello que encontramos fuera. No importa las veces que choquemos con la misma piedra, piedra que indica que estamos absolutamente equivocados: nosotros/as seguimos ahí, luchando por imponerle a la realidad nuestra estructura mental. Es un trabajo delicado, de orfebrería, que hace nuestro cerebro y que ha aprendido a hacer, tras miles de años de evolución, con el fin de preservarnos de “lo inesperado”.

No estoy hablando de que, debido a lo limitado de nuestros sentidos, no tengamos la capacidad de percibir en toda su excelencia y abundancia aquello que está fuera de nosotros: más colores, más sonidos, más olores, sabores... Estoy hablando de un mecanismo de la mente por el cual, si no encontramos información fuera, o peor aún, si la que encontramos no nos encaja con esa estructura de cartón, nos la inventamos. No es como no percibir un color, es como percibir el color rojo y empeñarse con toda tranquilidad en que es azul.

Osho lo llama tratar de atravesar la pared cuando al lado tienes una puerta bastante ancha y abierta. Una y otra vez, cabezazo contra la pared, insistiendo: “¡Tiene que ser por aquí!”. Que la estructura que ha creado tu mente diga que es por ahí, no significa que lo sea. Osho dice:


Cuando un buda acepta, acepta las cosas como la pared y la puerta. Él pasa por
la puerta: dice que es la única manera. Tú primero tratas de pasar a través de
la pared y te hieres de un millón de formas. Y cuando no puedes salir (abatido,
vencido, deprimido, caído) gateas hacia la puerta. Podrías haberlo intentado
primero por la puerta. ¿Por qué empezaste a intentarlo por la pared y a luchar
contra ella?

Pero entonces, ¿por qué el cerebro se dedica a este trabajo constante de autoengaño, fantasía y mala interpretación de los datos? Pues porque evolutivamente ha sido ventajoso: si el cerebro era capaz de anticipar un peligro por medio del razonamiento de lo que puede pasar, la persona se salvaba de este peligro. Si el cerebro era capaz de deducir los datos de los huecos en la información, podía hacerse una imagen mental más rica en detalles y podía actuar en consecuencia.

Es decir, que el mecanismo es automático, que tiende a darse, que tendemos a buscar imponer la estructura de la mente a lo de fuera, y no a captar lo de fuera y ya está, sin buscar patrones, modelos, sin reducirlo, categorizarlo, esquematizarlo.

Hay otra razón por la cual es interesante tener esta habilidad: es la consabida “Ley de la Atracción”, o “El Secreto”. De una forma altamente curiosa y cercana a lo mágico, esta ley defiende que si uno se focaliza en lograr un deseo, lo consigue. Para ello se necesita seguir una serie de normas, como visualizarse habiendo ya logrado el objeto de deseo, y no tanto centrarse en la carencia de aquello que se piensa que se necesita. Personalmente, diría que esto lo he hecho siempre y que me ha dado resultados, cuando lo que deseaba lo deseaba realmente, cuando por debajo de ese deseo no había una sutil e inconsciente contraorden de “espero que realmente no me ocurra esto”. A mí me gusta más la frase que utiliza una amiga mía. “Alá proveerá”. Algo llegará, “los planetas se alinearán”, recibirás esas llamadas de nuevos clientes, sucederá. Es la esperanza. La esperanza es uno de los mecanismos más bellos de nuestra mente para hacernos sobrevivir en las peores circunstancias.

Existe quizá una diferencia entre rellenar los huecos que deja la realidad inventando, literalmente, las razones y motivos de los demás, y dirigir el pensamiento hacia un puerto positivo, pero con la mente abierta a la observación de lo que va llegando. Por ejemplo, una forma de rellenar los huecos de una persona que no consigue encontrar pareja podría ser este pensamiento:

“Ya no hay hombres. Desde que los pollos están hormonados y desde que hay tantos tóxicos en la alimentación, pues los hombres son menos viriles. Además, se van haciendo homosexuales, porque prefieren estar con otros hombres, no se atreven a estar con mujeres. Por eso no encuentro pareja”. Espero que nadie se ofenda: yo esto lo he oído más de una vez (lamentablemente).

Y por ejemplo, la forma de pedir el deseo “al Universo” y de esperar, de tener esperanza, sería: “hay hombres maravillosos sobre la faz de esta tierra. Y estoy segura de que antes o después me voy a cruzar con uno de ellos. Estadísticamente es más que probable. Y yo estoy en disposición de encontrarle y de reconocerle cuando aparezca”.

Así pasa que hay personas que tienen delante de sus narices aquello que buscan y no lo ven, no son capaces de verlo, si es un perro les muerde pero aun así no lo ven, y otras personas dejan la vista como perdida, como desenfocada, dando lugar a una visión panorámica que les va a permitir antes o después fijar la vista en aquello que necesitan, que está justo ahí, o pasa por ahí, o gracias a tomar una acción o una serie de acciones concretas, se posibilita encontrarse con ello.

Bueno, pues... ¡ABRE LOS OJOS!

martes, 16 de noviembre de 2010

Son lentejas: si quieres las comes y si no...


La realidad tal cual es, ¿a quién le interesa hoy en día?

Las frases: «Esto es lo que hay», «Así son las cosas», «Son lentejas» tienen connotaciones muy negativas. Pero son las que mejor reflejan lo que es. La realidad es aquello que es, no aquello que te gustaría que fuese, aquello que deseas que sea en el futuro. Y la realidad jamás será aquello que habría sucedido si hubieras actuado de otra forma. Este tipo de frases, la tercera condicional (si hubiese… habría…) reflejan aquello que jamás sucederá, porque no se puede intervenir en un suceso del pasado para cambiarlo.

La forma habitual de aceptación es la resignación. Una vez se comprende que “esto es lo que hay”, la resignación lleva a aceptarlo desde la impotencia, desde el rechazo, desde la ira contenida. Se completa la frase con: esto es lo que hay “y lo voy a boicotear”. La mayoría de las veces, el boicot es contra uno mismo/a. Es como luchar contra corriente: el sufrimiento de tanto esfuerzo lo pagas tú.

Reconocer y aceptar, desde lo más profundo, que “esto es lo que hay”, da sin embargo una oportunidad de liberar la gran cantidad de energía que se invierte en negarlo, en cerrar los ojos, en hacer oídos sordos. Esta energía se puede utilizar entonces para sacar provecho de “lo que es”, para conocerlo realmente en lugar de pensar sobre ello, para disfrutarlo, vivirlo, gozarlo.

Pensar sobre las cosas es la mejor manera de alejarse de ellas. Automáticamente se convierten en una construcción mental. Se crea una simplificación de lo real, se generaliza y se eliminan datos. Se piensa que así se maneja mejor la realidad, y lo que se hace es vivir en un cuentecito protegido, de autoengaño. Si fuese posible permanecer en él mucho tiempo (algunos/as son hábiles en vivir en la mentira durante años), quizá hasta compensaría. Lo malo es que nuestra fantasía personal choca una y otra vez, invariablemente, contra la realidad, contra lo que hay, contra las lentejas.

Pienso que cada vez vivimos más en un mundo no cierto, porque cada vez salimos menos fuera a comprobar si el cuento funciona, si estamos manejando hechos o estamos viviendo de interpretaciones. En una vida cercana a la naturaleza, donde hay que buscar en la realidad para subsistir (agua, alimento, cobijo), es más difícil caer en el autoengaño. En una vida en que se pasa la mayoría del tiempo sentado/a, consumiendo productos “virtuales” que van directos a la mente (televisión, programas de ordenador, Internet, teléfonos, GPS…) es muy difícil, por el contrario, permanecer cercano a lo real, a lo que es.

De hecho, y siguiendo a Osho (lo cierto es que estamos siguiendo a Osho desde la primera palabra), el lenguaje es un gran culpable de esta separación de lo que es. Algunos sistemas, como la programación neuro-lingüística (PNL), afirman que el lenguaje genera realidad. Porque la forma de describir un suceso crea el suceso: las palabras que se eligen, los elementos que se seleccionan según la prioridad que se da a unos sentidos u otros, todo ello conforma una amalgama que llamamos realidad. En esta línea están también todos los sistemas de creencias tipo “El Secreto”, “La ley de la atracción”, “Poder sin límites”. Su hipótesis es que, creando la realidad en la mente, puede conseguirse aquello que se desea.

¿Realmente es tan maravilloso conseguir aquello que se desea? Un deseo cumplido puede ser una condena, porque siempre surgen elementos que no se habían tenido en cuenta a la hora de elaborar ese deseo, esa esperanza. Por ejemplo, es como querer un Ferrari y no pensar en que conlleva un mantenimiento y que las piezas del Ferrari cuestan mucho más que las de otro coche. Es como querer aprobar una oposición y, una vez se llega al puesto, comprobar que ni motiva, ni gusta, ni compensa.

En cualquier caso, las expectativas, más que ayudarnos a vivir, nos pueden traer por la calle de la amargura, porque de nuevo alimentan el juego de “yo me invento la realidad”, juego arruinado cada vez que la realidad te muestra quién es. Conozco mucha gente que me dice: “yo decido mi destino, soy dueño total de mi destino”. Suelo responderles: si hubieras estado en las torres gemelas el 11S, ¿habrías dicho lo mismo?, o si te sobreviene una enfermedad grave, ¿tú la has buscado?, o si naces en África en un pueblo sin agua corriente, ¿tú confeccionas tu destino? ¿Seguro?

Creo que es un juego más bonito, más interesante y más factible el de “yo fluyo con la realidad”. Dejarse llevar, sin metas, sin expectativas, ir con la corriente, coger todo lo que se te ofrece en cada momento, extraer el jugo de la realidad. Para ello, has de estar aquí y ahora. Se trata de dejar de vivir en el futuro, con tensión y ansiedad o con esperanza y deseo. Se trata de empezar a vivir ahí donde estás en cada momento. Por ejemplo, ¿dónde estás ahora? ¿Cuál es tu realidad ahora? Puede ser muy duro responder a estas preguntas, y más cuando se trata de ver, de observar, de vivenciar realmente el momento. Duro y revelador. ¡Ánimo!

lunes, 28 de diciembre de 2009

Cómo no ser el cordero el día de Navidad



Cada vez estoy más convencida de que cada uno vive en el mundo que se ha creado para sí mismo/a. Que el mundo que te rodea, por decirlo de otra forma, está en tu cerebro, en tu mente. En ningún caso está fuera de ti.


¿Cómo es posible? ¿A qué me refiero? Pues sólo mira cómo tu mente procesa la información que recibe: cuando le faltan datos, el cerebro generaliza para crear una información más simple, elimina lo que considera superfluo y distorsiona aquello que percibe, filtrándolo a través de las creencias y las expectativas.


Como dicen en Programación Neuro Lingüística, tenemos una tendencia innata a confundir el mapa con el territorio, nuestro mapa mental con la realidad que está fuera. Tendemos a creer que sabemos más del "mundo exterior" de lo que sabemos, y esto puede llevarnos a correr riesgos sin ni siquiera ser conscientes de ello.


De hecho, no sólo es que nuestra mente esté preparada para procesar la información de una determinada manera, es que, cualquiera que busque la confirmación de sus creencias, la encontrará, porque seleccionará de la realidad aquellos elementos que concuerdan con sus ideas. Así, personas de diferente orientación religiosa o política, ante los mismos hechos, observan realidades completamente opuestas.


Sabiendo que elegimos las creencias de formas a veces poco rigurosas, solemos tratarlas como propiedad personal que debe ser protegida y defendida, incluso con la vida. Podemos haber adquirido una creencia en el colegio, a la edad de siete años, y no volvemos a modificarla jamás. Cuando sentimos que esa creencia es atacada, reaccionamos como si estuviera amenazada nuestra existencia, cuando la única amenaza que se da es la de nuestro ego.


Otra de las tendencias de nuestra mente es a buscar explicación a cualquier acontecimiento. En especial, esto nos juega malas pasadas cuando hemos actuado por impulso, y luego sentimos que tenemos que justificar nuestras acciones. Es un derecho asertivo no tener que dar excusas. Sin embargo, la mayoría de la gente busca una razón "que suene bien" incluso para sí mismo/a. Esto explica por qué en un experimento en el que mujeres elegían de entre una muestra de panties, dieran todo tipo de razonamientos de su elección cuando, en realidad, todos los panties eran exactamente iguales.


Así, los seres humanos parecemos amar el autoengaño, porque no sólo se trata de responder ante los demás, se trata de creer que hemos actuado con lógica y raciocinio en todo momento. El problema, por tanto, no está en la realidad que observamos, sino en que tenemos una especie de ceguera genética que nos protege, haciéndonos creer que el mundo es mejor de lo que es, que tenemos más probabilidades de que nos toque la Lotería de las que en realidad tenemos estadísticamente, que "todo irá bien", o que "ya saldrá" lo que sea (el trabajo, el amor, el dinero).


Nassim Nicholas Taleb trata de estos temas en su libro The Black Swan (El cisne negro), en el que, entre otras muchas cosas, nos explica cómo no ser el pavo del día de Acción de Gracias, o como yo he puesto en el título, cómo no ser el cordero el día de Navidad.


En efecto, el cordero es alimentado día tras día durante digamos un mes. Para el cordero, la realidad es más que esperable: todos los días, a una hora concreta, le dan de comer, y bastante bien. Sus expectativas de futuro son halagüeñas, comerá cada día a la misma hora, felizmente. Todos, menos el día de Navidad, en que ocurre algo muy distinto. Curiosamente, la confianza del cordero de que va a ser alimentado aumenta cada día, aun cuando la matanza es cada día más cercana. Para evitar ser como el cordero, debemos conocer que la realidad no es tan predecible como creemos, que suceden acontecimientos altamente improbables pero que trastocan por completo nuestras vidas (y es a lo que Taleb llama "cisne negro").


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