miércoles, 1 de febrero de 2017

Estrella de Hollywood


jueves, 11 de agosto de 2016

Robinson Crusoe: lectura de mudanza

Este verano, Robinson Crusoe me ha acompañado en uno de esos momentos vitales difíciles: la mudanza. El relato de Defoe lo proyecté como una distracción ligera y un recurso para hacer un ejercicio de literatura comparada con otras obras.
La primera que me vino a la mente es la película Náufrago (Cast Away, 2000). Las similitudes son muchas, si bien la película es más creíble y más parecida al relato original en que Defoe se basó, el del naufragio de Pedro Serrano.
Después recordé Marte (The Martian, 2015), y la suspensión de la incredulidad que pide el cultivo de patatas en el espacio, no tan exigente como la que pide Defoe al pedir que creamos que Robinson pudo cultivar cereales y hacer pan.
También me vino a la cabeza la película Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993), toda la reflexión sobre el tiempo, la repetición de los días, casi indistinguibles, y sobre hacer tareas que llevan mucho tiempo porque en realidad es un recurso que sobra, el tiempo se ha alargado, se ha convertido en un infinito presente.

Además de estas comparaciones, acabé recopilando las similitudes del relato con mi propia mudanza.
La mudanza, encontrarte de pronto en un espacio ajeno con objetos que son tuyos, que parece que trae la marea como los restos del naufragio, caja tras caja, no sabiendo si lo que contienen lo necesitarás ahora, no sabiendo si el contenido de la caja estará dañado.
No valoramos el verdadero estado de nuestra situación hasta que lo vemos ilustrado por una circunstancia más desfavorable, ni sabemos apreciar lo que disfrutamos hasta que lo perdemos.

Resulta que de pronto te das cuenta de que tienes perro y gato, y recuerdas entonces que los rescataste del barco antes de que se hundiera. Sí, pese a tu soledad y a tu sensación incómoda, no eres capaz de recordar a estos animales hasta veinte páginas después de haber naufragado.
Y no debo olvidar que en el barco teníamos un perro y dos gatos, de cuya eminente historia me ocuparé eventualmente en su momento, ya que me llevé los dos gatos; y en cuanto al perro, saltó del barco por su cuenta y nadó hasta la costa para reencontrarme en tierra al día siguiente de mi desembarco con el primer cargamento.

Las penurias. Son las que te hacen añorar la comodidad anterior, esa que escasamente valorabas. Porque, ¿cómo puedes vivir sin una mesa y una silla?
Entonces comencé a dedicarme a la fabricación de las cosas que consideraba más necesarias, particularmente una silla y una mesa. Sin ellas no me era posible disfrutar de las escasas comodidades que tenía en el mundo. No podía escribir, ni comer, ni hacer muchas otras cosas sin una mesa.

Durante el periodo de mudanza pierdes el sentido del tiempo. ¿Ya estamos en agosto? No te lo puedes explicar, y es que, desde que naufragaste en la casa nueva, no sabes dónde está metida tu agenda, y olvidas comprobar en el teléfono a qué día estamos, y si es laborable o festivo.
Al cabo de diez o doce días me di cuenta de que perdería mi noción del tiempo por falta de libros, pluma y tinta, y que terminaría confundiendo los días laborables con los sabáticos. Para evitarlo, clavé sobre la playa un gran poste al que di forma de cruz, y allí grabé con letras mayúsculas la siguiente inscripción: «Aquí llegué a tierra el día 30 de septiembre de 1659».

Las incursiones que haces desde el sitio en el que has aparecido, “la casa”, hacia terrenos desconocidos alrededor del barrio, poco a poco cada vez más lejos, buscando recursos básicos y la forma de obtenerlos y explotarlos.
Y como la naturaleza, que al proporcionar alimento a todas las criaturas les enseña también naturalmente cómo hacer uso de ellos, yo, que jamás había ordeñado una vaca y mucho menos una cabra, ni había visto hacer mantequilla ni queso, logré hacer ambas cosas con fluidez y presteza, después de varios ensayos y fracasos, y en adelante nunca me faltaron.

No darse demasiada cuenta de que la casa solo está habitada por ti hasta que ya no quedan cajas: todo está en su sitio, ya has explorado la zona, empiezas a encontrarte en tu terreno, ya no te cuesta decir “esta es mi casa”, “esta es mi calle”.
No tenía nada que envidiar, puesto que poseía todo aquello de lo que podía disfrutar y era el señor de toda la finca: podía, si esto me complacía, llamarme rey o emperador de esta tierra, de la que era poseedor.

Y sin embargo, no eres capaz de permitirte a ti mismo ir desnudo por tu isla, incluso aunque no haya ningún observador.
(…) y aunque el clima en verdad era tan caluroso que no tenía necesidad de ropas, no podía andar totalmente desnudo. No, aun cuando me hubiese sentido inclinado a hacerlo, lo que no era así, porque no podía tolerar la idea siquiera de pensarlo, aunque estuviese solo.

Cuando lo puedes llamar hogar es cuando puedes admitir la existencia de personas ajenas en tu isla, de la que te sientes el gobernador. Y es cuando se da el desembarco de varias canoas llenas de amigos que vienen a tu isla a darse un festín, pero cuidado, serás tú quien determine qué es lo que se va a comer. Decretas libertad de credo, sin embargo, no vas a admitir ciertos rituales caníbales como fumar, a menos que se salgan a la terraza, esa que ya has conseguido llenar de plantas, sillas y una mesa. 
Gracias al acompañamiento de Robinson, y mucho más adelante de Viernes y al final toda una tropa de hombres, he querido pasar por alto las incongruencias del relato, de las que el mismo autor se excusa diciendo que en realidad no son tales:
Todos los intentos envidiosos por recriminarle no ser más que una novela, por buscar errores geográficos, incongruencias en el relato y contradicciones en los hechos, han fracasado y han resultado tan impotentes como malignos.

Solo queda mencionar una gran diferencia, y es que Robinson sueña con salir de su isla algún día, algo que logra, mientras que tú sueñas con no tener que volver a mudarte de nuevo a ninguna otra isla.
Y así fue como abandoné la isla, el 19 de diciembre del año 1686 (…), después de haber vivido en ella veintiocho años, dos meses y diecinueve días.

miércoles, 15 de junio de 2016

La vuelta a la vida sencilla

Acabo de terminar de leer el libro Medicina China Tradicional. Vivir sin enfermar de Liu Zheng.

Conocí a Liu Zheng por Facebook. Empecé a seguirle, y pronto me decidí a acudir a su centro de acupuntura. Estando dentro de una cabina, escuché la voz de Liu. Tardé un rato en darme cuenta de que la voz que oía era la suya, puesto que habla un español casi perfecto. 

En efecto, fuera de la cabina vi a Liu y le escuché expresarse en perfecto español. No solo habla bien, sino que escribe correctamente, y prueba de ello es que el libro lo ha escrito en español y no en chino. Esto lo he deducido porque ciertas expresiones a lo largo del libro nos recuerdan más a otros compatriotas de Liu que no tienen tanto dominio de nuestro idioma. El hecho de encontrarse estas expresiones añade encanto al libro y nos acerca más a su autor.

He leído ya algunos libros de medicina china, e incluso he asistido a cursos introductorios, por lo que he podido comparar lo que ya conocía con lo que nos aporta Liu. Lo que destaco en este artículo son estas diferencias con otros contenidos sobre el tema.

El libro de Liu nos trae de vuelta a la vida sencilla, al sentido común, al equilibrio en nuestras vidas que actualmente están descompensadas hacia lo rápido, el estrés, la inmediatez… hacia lo yang.

A lo largo de los nueve capítulos (que son tres veces tres, y tres es un número mágico en la cultura china; también en la nuestra), Liu procura acercar la medicina china tradicional y la  medicina occidental, algo que le distingue de otros acupuntores chinos. Una anécdota: para explicar el yin y el yang, Liu hace un símil con Don Quijote (el yang) y Sancho Panza (el yin), mostrando así un acercamiento de culturas.

Lo cierto es que Liu, como le estoy llamando amistosamente, no solo es licenciado en medicina china tradicional, sino que es diplomado en fisioterapia y acupuntura en España, máster en fisioterapia invasiva y máster en aspectos clínicos en el dolor. Lo pongo así por encima y como si tal cosa, podéis ver el currículo completo en el libro.

¿Qué valores nos transmite el libro?

A pesar de todo lo que Liu ha logrado hacer en nuestro país, es una persona muy humilde; de hecho, pienso que no habría cursado ninguna titulación de las mencionadas si no hubiera sido humilde. La humildad es uno de los valores clave que Liu ensalza en su libro.

Hablando de valores, muy importante también es el valor de vivir en armonía con la naturaleza. Liu nos dice:
“el origen fundamental de las enfermedades se encuentra cuando no vivimos en armonía con la Naturaleza”.
Acercarnos a la naturaleza es uno de los mejores consejos para restablecer la paz interior.

Otro de los valores fundamentales que nos transmite Liu es el respeto a lo que fue antes de nosotros, a la sabiduría de nuestros antepasados. En sistémica diríamos que los antiguos tienen prioridad, y nos han entregado un legado. Lo moderno y cómodo parece ser echar a un lado estas enseñanzas. La medicina tradicional china las rescata y las pone al servicio de lo nuevo.

En algún sentido, este es el libro de la abuela. Digamos que tiene tres (otra vez tres) componentes, a grandes rasgos: es un libro de medicina tradicional china, es un libro de medicina occidental y es el libro de consejos de la abuela. Pues bien, los consejos de la abuela son para mí la parte más importante del libro. Quizá un estudiante de medicina china recurrirá a un libro o varios más complejos sobre esta disciplina. Un estudiante de medicina occidental hará lo propio. Pero ninguno de ellos podrá encontrar fácilmente los consejos de la abuela que se destilan de miles de años de una cultura que a veces se desdeña porque no se acierta a entender, de un análisis sabio que realiza el autor al encontrar muchas similitudes entre la medicina que trae y la que encuentra aquí y de un sentido común que se agradece encontrar por no ser tan habitual.

A lo largo del libro, Liu cuenta historias para poner en evidencia alguna explicación, son cuentos que traen de muy lejos un mensaje milenario de la cultura china y que nos entregan una pequeña gran moraleja. Además, encontramos sus consejos entreverados en los capítulos que nos hablan de cada uno de los cinco elementos. En lugar de limitarse a describir las características de los elementos y sus meridianos asociados, Liu hace reflexiones sobre la vida diaria y actual que ilustran por qué cuidar cada meridiano es importante.

¿Cuál es la clave para no enfermar?

El estrés

Comencemos por el más importante. El estrés es el “caldo de cultivo de todas las enfermedades”. El estilo de vida en el que vamos constantemente más allá de nuestro límite, es contrario al estilo de vida que nos puede proporcionar salud. Lo que hacemos sin embargo es mantener tensión, recibir un exceso de estímulos, mal comer, mal dormir… mal vivir. Con esto se nos desajustan los ritmos de un cuerpo diseñado para funcionar correctamente, y permitimos que cualquier enfermedad pueda entrar, al debilitarse nuestro sistema inmunológico.

Llegar más lejos, y más aún

No tenemos límite. O sí. El ser humano puede concebir altos niveles de desempeño, de mejora, de crecimiento… puede imaginar lo inimaginable, y esto le ha ayudado a alcanzar mundos que no estaban hechos para nosotros: volar, viajar al espacio, bucear por el fondo marino… Sin embargo, el cuerpo sí tiene un límite. Se desgasta. Se agota. Potencialmente, y con una probabilidad del cien por cien, se muere. Es algo que no solemos tener en mente cuando jugamos a llegar más lejos, más lejos aún. En la naturaleza, nada crece sin parar, todo son ciclos de nacimiento, crecimiento y muerte. Lo mismo aplica a las empresas, aunque insistan en ganar siempre más que el año anterior, de forma indefinida. Bien, pues al menos 4 empresas en las que he trabajado a lo largo de mi vida ya no existen.

Tenemos una especie de batería que es el Chi almacenado en los riñones, con el que nacemos y que se va desgastando. En principio esta energía no puede reponerse, por lo que es interesante cuidarla. Además, es importante ser conscientes de cuánta energía tenemos de nacimiento, porque no todos tenemos la misma cantidad, y por ello, no todos podemos alcanzar las mismas metas, o no de la misma forma.

Liu nos lanza la pregunta: ¿hasta cuándo tensarás la cuerda?
Cualquier mínimo síntoma de malestar significa que tu cuerpo te está avisando de que se está acercando al límite. Por favor, hazle caso. Escúchale, reflexiona, no permitas que tu cuerda se rompa.

El victimismo

En occidente vamos al médico para que nos solucione los problemas, haciendo preguntas retóricas: “¿Por qué me viene todo a mí?” En muchas ocasiones, nos prescriben un ansiolítico y nos mandan a casa. También acudimos al médico de medicina china tradicional a lo mismo, pero entonces él/ella nos responde que para curarnos, tenemos que  responsabilizarnos de nuestra salud y comprometernos a cambiar los hábitos. Es decir, no es el médico el que te cura, te curas tú y el médico te apoya y orienta para ello. El mejor médico es el que no tiene pacientes...

Lo que le viene a cada uno, lo que le toca vivir, es muchas veces consecuencia de una acción propia anterior, lo que en la sistémica se llama compensación. Puede que hayamos alimentado la ansiedad y ahora nos encontremos una enfermedad grave, o puede que hayamos provocado tiranteces en las relaciones. Solo recibimos la respuesta.

El agotamiento entra por los ojos

Frente a un conjunto de grandes empresas muy interesadas en que “nos hagamos digitales” (me imagino a una persona en un váter, muy digital todo), estamos los consumidores con la capacidad de elegir si nos hacemos o no digitales y cuándo. La realidad es que la mayoría de nosotros nos hemos convertido en un producto que suministra constantemente datos a estas grandes empresas, lo que a su vez les permite conocernos muy bien y aumentar nuestra adicción a las redes.

Liu hace una reflexión: si vemos desde fuera a una persona mirando fijamente a una pantalla, realmente nos parecerá que está castigada contra la pared. Así de triste es la imagen externa de una persona consumiendo información audiovisual. Cuanto más pequeña la pantalla, más ridículo parece. Esto me recuerda a este artículo que he leído hace poco.

La importancia del presente

Respiramos vida, aquí y ahora. Las personas que te quieren están en el presente. No solemos vivir en él, normalmente nos anclamos en el pasado o nos dedicamos a imaginar el futuro. Otras veces, estamos en un lugar pero mantenemos la mente ocupada en otro: en el trabajo pensamos en los hijos, en casa recordamos lo que quedó pendiente del trabajo, estamos en el sillón dándole vueltas a una meta que no conseguimos… mente y cuerpo van cada uno por un lado y esto nos mantiene disociados, lo que nos conduce a la enfermedad.

Es a través de la meditación como Liu nos propone volver al presente. La meditación se puede aprender y está demostrado que aporta muchos beneficios (hay muchos estudios sobre esto: busca en Google J). Con la meditación calmamos la respiración y calmamos la mente, poco a poco encontramos momentos en que la mente se queda en blanco, vaciamos el pensamiento, nos liberamos de las tensiones.

Algunas perlas

Finalmente, me gustaría terminar con algunas frases cortas que me han parecido importantes, pequeños regalos que nos hace el autor a lo largo del libro:
  • La prepotencia no ayuda al progreso; la humildad, sí.
  • No sirve de nada tratar el cuerpo mientras la mente sigue bloqueada.
  • Existe un principio innato en la vida: avanzar.
  • Con la cabeza baja no podemos mirar hacia adelante, la mente se queda retenida en el melancólico recuerdo del pasado.
  • Aprende a relajarte.
  • ¿Qué hora es? Mira al sol. El ritmo biológico está regido por la luz solar.
  • La cama más cara del mundo es la del hospital.
  • Mantén un corazón limpio y con pocos deseos.

Te recomiendo leer el libro, esto no es más que una crítica subjetiva y centrada en mis intereses. La edición es bastante bonita, con ilustraciones, y cómoda de leer. Puedes aprender muchas cosas del doctor Liu Zheng.

lunes, 23 de mayo de 2016

¿Cómo pasar de ser el agente Patou a ser el regente del bar Moustache?

Al observar cómo funciona el mundo o ver el mundo funcionar desde una cierta óptica, me acuerdo de la escena de “Irma la Dulce” en que el camarero Moustache explica este funcionamiento al decepcionado agente Patou. Es la primera escena en que estos dos personajes interactúan.


(Imagen encontrada aquí)


- Mi querido muchacho, su modo de pensar no solo es absurdo, es también antieconómico, y sé de lo que estoy hablando, fui profesor de Economía en La Sorbona durante 6 años, pero esa es otra historia.
- Convendrá conmigo en que los ciudadanos decentes deben estar protegidos contra eso.
- Está bien, tomemos un ciudadano decente, veinte años casado y que pasa el día vendiendo cochecitos de niño. Por la noche necesita distracción, camaradería, y por tanto viene a la calle Casanova. Se reúne con una chica, ella le da un poco de amistad y él un poco de dinero, la chica da el dinero a su novio, y él lo gasta en bebida, en gemelos o en las carreras. E incluso a veces, da un poco de ese dinero a un policía.
- ¿Soborna a un policía?
- Y ahí viene lo estupendo, porque el policía coge ese dinero y compra un cochecito al ciudadano decente. Y así el dinero se mantiene en circulación. ¡Todo el mundo es rico! ¡Todo el mundo es feliz!

En ese momento el agente Patou no lo sabe, pero acabará pasando por todos los roles que un momento antes ha criticado: agente sobornado y chulo de putas. Aun así, no perderá su encantadora ingenuidad, y conseguirá salir del ciclo fatalista descrito por Moustache.

¿Sientes lo mismo que el agente Patou?

Puede que sientas lo mismo que Patou y te indignes a la vista de las injusticias a tu alrededor. Sin embargo, el mundo no tiene por qué ser justo. Según Wayne Dyer, la justicia no existe. Nunca ha existido y jamás existirá. Si observas la naturaleza, ves que no hay justicia en este mundo: los animales se comen unos a otros, hay grandes catástrofes cada día, y muchas veces afectan a los que menos pueden recuperarse de ellas. El mundo y los seres que viven en él, incluidos los humanos, son injustos todos los días.

“Los que tienen dinero no son condenados. A menudo, los jueces y policías se venden a los poderosos”, dice Dyer.

La preocupación por esta justicia tiene su origen en dejar que el comportamiento de los demás sea más importante que el tuyo propio. Es una búsqueda de comparaciones con la que se crea un listado, buscando que todo esté en equilibrio, que obtengas lo mismo que los demás.

¿Cómo se soluciona esto?

Lo contrario es hacerte cargo de tu propia vida, decidir lo que realmente quieres y buscar los medios para lograrlo, aceptando que la vida no es perfecta, o que es perfecta tal como es. Por tanto, si no te gusta ser el agente Patou y observar descorazonado cómo es la naturaleza humana, si tampoco te convence entrar a la rueda de roles que viven al margen de las normas, normas que tampoco tienen por qué ser justas como vemos, puedes elegir ser Moustache, el dueño del bar del mismo nombre.

Lo fundamental para salir de cualquier círculo vicioso es entender que se forma parte de él. Conozco muchas personas que critican despiadadamente a las grandes marcas de ropa por explotar trabajadores en el tercer mundo, pero después compran esta ropa e incluso alegan: “Claro, es que no tengo dinero para hacer otra cosa”. Entonces forman parte del ciclo y lo alimentan.

Una vez has comprendido que formas parte y que todo lo que ves y vives, lo veas como grandes injusticias o como la vida tal como es, el siguiente paso es buscarte un papel en el sistema con el que realmente te sientas cómodo, quizá el de Moustache.

¿Cómo es ser Moustache? ¿Qué características tiene este rol? 

El camarero y dueño del negocio observa el funcionamiento del mundo y está al servicio de los que juegan los roles protagonistas. Trabaja para ellos, vive gracias a ellos y simplemente acepta las cosas tal cual son. El trabajo de Moustache ha de ser uno que no está dentro de los ciclos fatales, en los que solo se puede ir con la corriente o se te llena la boca de plumas. Es un trabajo que se queda fuera de ese ciclón. Pero no se aísla del ciclón, convive con él.
Se me ocurren trabajos similares: el propio del dueño del bar, un instructor de buceo, un freelance que trabaja como consultor, no como falso autónomo, el realizador que acompaña a una estrella de rock en los conciertos, David Attenborough, un actor/actriz...

La solución: aceptar

Hace falta admitir en tu vida un cierto grado de caos, de desorden. Hace falta aceptar la incertidumbre, reconocer que no se tiene el control.

Aceptar el fracaso, los fallos y sobre todo, aceptar el vacío, esos momentos en que nada se mueve, en que todo es incógnita, en que parece que tu subsistencia peligra.

Y hay que aceptar la crítica, el exponerse, el que haya personas con otro guion que responden de formas sorpresivas, adaptarse entonces a ese guion y elaborar sobre él sumando, nunca restando, olvidando el famoso “sí, pero…”.

Aceptar que las cosas están por crear, que se crean según suceden y no según un listado que mantienes para tener sensación de seguridad.

Los que tienen éxito en esto están tranquilos en cualquier circunstancia, dicen sí a todo como es, están a gusto donde están, flexibles y abiertos a lo que venga.

¿Eres un@ de ell@s? Cuéntanos tu experiencia, ¡queremos saber más!