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lunes, 9 de marzo de 2015

Whiplash – Motivar con castigos

¿Hasta qué punto es lícito machacar a los mediocres para que de entre ellos surjan los genios? ¿Es cierto que presionar y minusvalorar hacen que una persona se motive para dar el máximo? ¿Y luego qué, qué obtenemos?

Estas son las preguntas que se plantean en la película Whiplash, en la que un profesor y director de música jazz lleva más allá de los límites a sus alumnos, y se ceba especialmente en un nuevo y joven baterista, que podría o no ser uno de aquellos genios, como Charlie Parker.

Las teorías de la motivación muestran que machacar, presionar y castigar producen un resultado mucho más pobre que premiar, reforzar y animar. El refuerzo positivo, el crear un espacio que permita a la persona desarrollar sus competencias, sentir autonomía y aprender de la relación con otros, están por encima de los ambientes militares que se viven con frecuencia en disciplinas como la música y el baile.

Es la palabra: ambiente militar, disciplina militar. El indiscutible líder, que es el “profesor” o “maestro” (habría que ver si merece estas etiquetas) da órdenes y no admite nada por debajo de la perfección. Por tanto, la perfección es lo que tienes que alcanzar, y si lo haces no se te va a felicitar, y lo que esté por debajo hay que machacarlo hasta hacerlo desaparecer, porque solo los mejores pueden subsistir en la elite.

También podríamos pensar en esta figura de poder como en un crítico que, no siendo capaz de alcanzar por sí mismo la perfección que tanto admira, no puede soportar tener espejos (otros mediocres) delante. De hecho, llama la atención que le diga al baterista "¡No estás siguiendo mi ritmo! ¡No estás siguiendo mi tempo!", en lugar de "el ritmo" o "el tiempo". Vaya, que parece que el criterio de perfección podría ser subjetivo.

Según el “profesor” de esta película, “buen trabajo” son las dos peores palabras que se pueden decir a un aprendiz o practicante de una disciplina. Porque eso lleva a la autosatisfacción y a no tratar de llegar más allá.

En cambio, el “maestro” elige el camino del terror, de forma que el placer que pueda parecer que siente el instrumentista o la bailarina es en realidad dolor y miedo. Es como si se nos dijese: solo quien soporta el dolor y el miedo y aun así es capaz de ejecutar a la perfección una pieza, solo ese es el genio.

¿Qué habría ocurrido si el padre de Mozart no lo hubiera convertido en un mono de feria desde que era pequeño? ¿Nos habría llegado algo de su música? ¿Habría si quiera compuesto una mísera pieza? Yo creo que sí: creo que su talento era independiente de la presión de su padre.

Imagen de la película El último bailarín de Mao
En la película El último bailarín de Mao, el protagonista chino conoce a una bailarina “mediocre” en Estados Unidos, y decide casarse con ella, pero pronto surgen las desavenencias, pues él en unos meses se ha convertido en una figura principal del ballet de la ciudad, mientras que a ella la descartan en cada casting. Entonces pensaríamos: ella es mediocre, no tiene derecho a bailar. Sin embargo, se separan, ella se va a otra ciudad, y allí es bailarina durante varios años. Lo que uno de estos “maestros” consideraba mediocre a otro le vale, y le vale lo suficiente como para que esta persona realice su sueño. Y sí, es cierto que quien trasciende su propia vida es un bailarín como el de Mao, y no la bailarina vulgar y corriente.

Por otro lado, también es cierto que las dificultades nos hacen crecer. Cuando encontramos una barrera delante, una persona difícil, una situación problemática, podemos crecer hasta ser capaces de superar el obstáculo, de ponerlo de nuestro lado, de vivir a pesar de él o con él. Creo que a eso se puede referir el “profesor” de Whiplash: si te dicen “buen trabajo”, no tienes ya barrera que superar.

Quizá lo más sensible de todo esto es que esta manipulación a la que algunos “maestros” someten a sus aprendices ocurre necesariamente cuando los practicantes no son adultos, cuando su cerebro está aún formándose, incluso a edades muy tempranas.

Yo me suelo escalofriar cuando oigo a una madre decir que va a apuntar a su hija a gimnasia rítmica o a ballet, o bien cuando veo niños muy pequeños tocando ya el violín, el violonchelo… ¿Sabe esa madre de la dura disciplina militar que se impone en estos ambientes? ¿Sabe si su hijo/a la va a resistir? ¿No se plantea quizá algo más suave, menos exigente, en lo que quizá esa persona vaya a disfrutar más?

Como veis, no estoy hablando mucho de la película en sí, recomiendo que la veáis. Al que además le guste el jazz la va a disfrutar mucho. A mí no me gusta especialmente, y aun así reconozco que las piezas que se escuchan en la película son poderosas. La recomiendo también por la actuación de ambos protagonistas, y la recomiendo sobre todo para invitaros a esta reflexión sobre la motivación, los métodos de enseñanza, y la genialidad o mediocridad y cómo llevarse con ellas.

Saber más:



viernes, 27 de abril de 2012

Un poquito de e-learning



Fíjate en la imagen: ¿qué te transmite? ¿Qué te ha llamado la atención primero, las imágenes, el texto? ¿Qué relación pueden tener entre sí estas imágenes?
Esta imagen es un ejemplo de pantalla que puedes encontrar en la formación por ordenador, e-learning, concebida por un diseñador instruccional.


¿Qué es un diseñador instruccional?

Es un profesional de la enseñanza por ordenador. Su misión es ayudar a los estudiantes a encontrar sentido a la nueva información que les llega.

Esta forma de enseñar irrumpe de alguna forma en el aprendizaje que se produce de forma natural: siempre estamos aprendiendo. Aprendemos de forma activa cuando realizamos tareas o actividades, y de forma pasiva cuando reflexionamos sobre la vida. Recibir un curso es para el alumno un aprendizaje forzado, incluso aunque de él puedan derivarse experiencias positivas de aprendizaje.

¿Qué aporta la enseñanza e-learning?

La mayoría de la enseñanza se ha basado tradicionalmente en poner mucha información delante del estudiante, con el fin de que, de forma similar a una esponja, la absorba toda y sepa reproducirla. Esta forma de educar lleva al estudiante a memorizar sin entender, soltarlo todo en un examen, y olvidar automáticamente lo que nunca aprendió. De ahí lo inútil de enseñar con este método, que al mismo tiempo priva a los alumnos de un verdadero aprendizaje experiencial y más humano.

El diseñador instruccional, consciente de esto, elige aquellas partes de la información que es importante transmitir, dando instrucciones sobre cómo asimilarla, cómo utilizarla. Así, no propone cientos de estímulos contradictorios. Sabemos que la atención humana es muy limitada, y si se divide y reparte, desaparece pronto. Por ello, al formar, es necesario guiarla y mantenerla despierta. Literal y figuradamente.

Además, es importante dotar a la información de un contexto. De otra forma, es muy fácil ignorar elementos que se desconocen. Por ejemplo, cuando alguien escucha un término que no significa, tiende a eliminarlo de la información global que recibe, o peor, le da el significado que se le ocurre.

¿Qué es el aprendizaje colaborativo?

Lo interesante de las herramientas colaborativas, auténtica revolución en la enseñanza, es que, si 4 ojos ven más que 2, 40, 400, 400.000 ojos ven mucho, mucho más. Es el poder del compartir múltiples perspectivas, algo imposible con los sistemas de enseñanza tradicionales que, desgraciadamente, siguen en vigor.

Además de la colaboración, el buen aprendizaje que otorga un buen diseño instruccional es concreto, conciso, breve, claro, por lo que ayuda a centrarse en lo realmente importante en menos tiempo y con menos dinero.

La clave es enganchar, motivar al soberano de la enseñanza: el alumno

El buen diseño de contenidos engancha. Es como una novela, como un best-seller. Hace que lo leamos con interés y lo recordemos incluso cuando no lo estamos leyendo. Para que el contenido enganche, debe ser claro y tener un sentido para quien lo lee.

Lo que engancha es, además, más que mera información. El simple hecho de presentar datos ante los ojos del alumno no hace que automáticamente los absorba, ni esto tendría interés alguno.

Para compartir algo más que información, el buen diseñador instruccional se centra en el alumno, no en los contenidos que quiere transmitir. Esto es clave. El alumno es el soberano de la formación. Sin él, no hay enseñanza. Frente a las teorías tradicionales centradas en el emisor de un mensaje, hace ya muchos años que emergieron teorías centradas en el receptor. El mensaje está bien comunicado si el receptor lo capta y comprende, y no si el emisor lo lanza con un formato espectacular.

¿Empatizas con tus alumnos?

Este interés por lanzar un mensaje centrado en el emisor es completamente humano: egocéntrico. Y sin embargo, quien mejor se comunica es quien es capaz de empatizar con el otro, de ser flexible a la forma de ser del otro, quien tiene un interés genuino en el otro.

Lo que importa por tanto no es la información que transmitimos, sino el significado que le da el receptor. Y es clave que el diseño instruccional sea “intencional” para que dirija al receptor a un solo significado, el que deseamos comunicar.

Además, la actitud con la que el receptor acoge esos contenidos es fundamental en el grado de aprendizaje. Muchas veces, el alumno no desea aprender, sino que “tiene que” hacer un curso por obligación. El aprendizaje es espontáneo y voluntario, por lo que motivar al estudiante se convierte en algo necesario.